En techos como el de Sant Ignazio en Roma, líneas maestras confluyen para construir un andamiaje ilusorio que abre el edificio hacia un firmamento teatral. El cálculo geométrico se mezcla con paisaje distante, figuras suspendidas y sombras coherentes, sellando un pacto convincente entre liturgia, pintura y perspectiva.
La combinación de cornisas fingidas, balcones pintados y nubes atravesadas por luz dirigida genera un borde incierto donde el muro parece evaporarse. Allí emergen colinas, ríos remotos y jardines imposibles, invitando al espectador a caminar con la mirada por un mundo construido solo con color y aire.
La ilusión no era simple adorno; guiaba recorridos ceremoniales, marcaba jerarquías y desplegaba paisajes simbólicos hacia la gloria. Cada esquina ocultaba un truco de continuidad espacial, obligando al visitante a encontrar el ángulo exacto donde las piezas encajaban y la arquitectura pintada revelaba su secreto compartido.