El proceso comienza con una imagen base que se proyecta digitalmente sobre el relieve real, atendiendo a inclinaciones, curvas del terreno y saltos de nivel. Cada fragmento se transpone a marcas físicas que, vistas de cerca, parecen caóticas. Sin embargo, al alinearse desde el punto previsto, la distorsión inversa recompone el dibujo. Esta metodología exige mediciones milimétricas, referencias GPS, cuerdas, láseres y una paciencia casi cartográfica para que la ilusión respire con el viento.
El lugar exacto desde el que la imagen aparece suele definirse con estacas discretas, señales sutiles o pistas en el suelo. No se trata de ocultar, sino de invitar a buscar. La altura del observador, el ángulo de la cámara y la distancia modifican la nitidez del efecto. Unos centímetros cambian bordes y contornos. Esa delicadeza convierte la experiencia en juego: moverse, retroceder, agacharse, hasta que la silueta emerge súbitamente como un secreto compartido.
La intemperie impone reglas: pinturas minerales, cintas reflectantes, aluminio ligero, maderas tratadas y anclajes que respeten el suelo. Las piezas deben soportar lluvia, radiación UV y cambios térmicos sin deformar la geometría. Se emplean plantillas reusables, marcaje biodegradable y juntas de expansión. Cada decisión técnica protege el entorno y la lectura visual. Cuando el viento baila, las tolerancias calculadas permiten que todo siga encajando, manteniendo la ilusión incluso tras semanas de clima caprichoso.